Siete años de desilusión

Siete años después de la llegada de Morena al poder, el país se encuentra en un punto que difícilmente coincide con la esperanza transformadora que se prometió en 2018. Hoy se ven a años luz aquellas promesas de regeneración moral y un gobierno austero, cercano, eficaz y guiado por el interés público.

El obradorismo llegó con la promesa de devolverle dignidad a la vida pública, pero apostó desde el inicio por la lógica de la polarización permanente. El discurso oficialista no buscó construir un nuevo consenso democrático, sino dividir al país. La captura de organismos autónomos, el hostigamiento a la prensa crítica y a los opositores y la descalificación sistemática de quienes piensan distinto han deteriorado la calidad del debate público y revivido el autoritarismo.

La economía tampoco ofrece un panorama alentador. México ha atravesado años de crecimiento mediocre, inversión estancada y un ambiente de incertidumbre regulatoria que ha inhibido la confianza empresarial. Hoy México crece menos que sus pares, atrae menos inversión y enfrenta problemas estructurales que el gobierno se negó a ver por privilegiar su narrativa ideológica.

En seguridad, la realidad es más contundente aún. Los homicidios dolosos continúan en niveles históricamente altos, las desapariciones se han multiplicado, la violencia territorial del crimen organizado se ha expandido y regiones enteras viven bajo control de facto de grupos criminales coludidos con las autoridades. La estrategia oficial, que combinó estrambóticamente la militarización con una política ambigua de no confrontación (“abrazos, no balazos”) ha sido un desastre sin paliativos.

En materia social, la expansión de programas asistenciales sí modificó el mapa político, pero no resolvió la desigualdad ni la precariedad que se buscaba combatir. El gobierno apostó todo a las transferencias directas, desmanteló instituciones y programas especializados, y restó capacidad técnica al Estado. Los beneficios inmediatos de las ayudas económicas son innegables para millones, pero su diseño no estuvo acompañado de políticas públicas de largo plazo en salud, educación, productividad o movilidad social. La prueba más dolorosa es el sistema de salud: siete años después, sigue lejos de ofrecer lo prometido, con hospitales sin recursos, medicamentos escasos y retrocesos que ningún discurso puede ocultar.

Y eso sin mencionar los terribles escándalos de corrupción y la vida sultanesca, llena de lujos y excesos, que se dan los principales dirigentes morenistas.

Siete años después, el saldo no es el de una transformación, sino el de un país atrapado entre promesas incumplidas, instituciones destruidas y un poder concentrado en un solo grupo político. Morena llegó con la legitimidad que solo otorgan las grandes expectativas; hoy enfrenta el desgaste que solo generan las grandes decepciones.

POR FERNANDO RODRÍGUEZ DOVAL POLITÓLOGO @FERDOVAL PAL

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